Okane o subete sekai e chikara 30 – El hombre al que llaman demonio

monoro

Capítulo 30

El hombre al que llaman demonio

 

Garonte Vangardforth, un poderoso noble del este que manejaba riquezas y una fuerza militar comparables a un país pequeño, tenía la obsesión de gobernar a los que consideraba inferiores a él, lo que para un noble significa todos aquellos que no lo son.

Una pregunta siempre había estado presente en su cabeza, desde el día que su padre-general de las fuerzas del sudeste de Jagheb- lo llevó a su primera batalla.

¿Por qué Jagheb siempre está a la defensiva?

No podía entenderlo, una y otra vez Jagheb era atacado por Iren y era repelido, no sin perdidas. Sin embargo, no hubo una sola ocasión en que Jagheb perdiera, de lo contrario hace tiempo habría dejado de existir, como tantos pueblos que habían sido conquistados por la máquina de guerra Irenita.

Simplemente no podía comprender por qué no eran ellos los que atacaban, obligando a Iren a tomar la defensiva.

“Es por los Generales y sus soldados Acme” decía su padre cada vez que la curiosidad y las ansias le vencían y decidía preguntar.

Es verdad que en todas las batallas a las que iba, jamás había podido ver a los tan famosos generales de Iren. Siempre el ejercito era comandado por un comandante de bajo rango y los soldados a su mando no portaban las famosas armaduras rojas, que se dicen portaban los soldados acme.

Aún así, no podía creer que Iren tuviera en reserva semejante fuerza. Si realmente poseían un poder militar tan grande como contaban las viejas historias de su abuelo, entonces hace tiempo que lo habrían usado para someter a Jagheb. Y aun así ahí estaba, 200 años de relativa prosperidad.

Lo único que detenía a Jagheb de gobernar todo el este del continente era Iren. Después de todo, en los últimos 200 años, las naciones pequeñas y los pueblos libres habían decidido convertirse en vasallos de Jagheb por iniciativa propia, seguramente en busca de protección contra Iren.

En las historias de su abuelo, y los libros que había en la biblioteca de su familia, se contaba de un tiempo donde Iren atacaba indiscriminadamente a todos los que estuvieran a su alcance, llevando la ruina a su paso. Se contaba como un reino se levantó, uno que Iren no pudo simplemente aplastar, Jagheb.

Hablaban de como eso cambió el mundo. De repente Iren declaraba la guerra de manera oficial hacia Jagheb y le atacaba, ignorando los indefensos poblados que hubiera en su camino. Esto trajo la oportunidad a los demás pueblos a crecer y ofrecer resistencia.

Sin embargo, la historia es cruel. Una vez estás nacientes naciones se encaminaban a poder defenderse por sí solas, Iren ofreció el armisticio con Jagheb y volcó su mirada a ellas.

Desde el punto de vista de Garonte, esto solo significaba que Iren temía que surgiese otra nación como Jagheb, capaz de oponérsele. Y cobardemente ofrecía una tregua temporal con Jagheb para encargarse de la naciente amenaza.

Eso era otra cosa que tampoco podía entender. Por qué Jagheb aceptaba sin más semejante acuerdo, cuando esa era la perfecta oportunidad para acorralar a Iren en más de un frente.

Sin embargo, lo que cuenta la historia, es que las naciones decidieron abandonar la idea de oponerse a Iren por sí mismas y se volvieron vasallos de Jagheb, de modo que Iren no les atacase durante los armisticios. Debido a que no representaban ninguna amenaza, tampoco eran atacados en los tiempos de guerra.

Una solución cobarde, pero efectiva. Más no perfecta.

A lo largo de los años, tantos pueblos se fueron anexando a Jagheb, que su territorio creció exponencialmente, hasta convertirse en la nación más grande del continente, con 47 veces el territorio del pequeño Iren.

Esto solo acrecentaba las dudas de Garonte. Si Iren en verdad era una nación todopoderosa que conquistaba todo a su paso, con la excepción de Jagheb ¿Por qué controlaba tan poco territorio?

Sin duda debió haber perdido innumerables veces para verse reducido a una pequeña mancha casi al borde del continente.

Los años pasaron y las dudas crecieron en el corazón de Garonte, quien siempre había visto a su nación Jagheb, que albergaba a su familia y a la mayor parte de los nobles del continente, como la más grande. Dudaba que las decisiones del reino fueran las correctas.

Cuando ascendió al puesto de general, sustituyendo a su padre, tomó la decisión de que aprovecharía la primera oportunidad de contraatacar a Iren, y llevaría la guerra a su territorio. Les enseñaría lo que es ver arder las casas de su gente, y el miedo de ver como el ejército enemigo se cierne sobre su tan amada capital.

Finalmente, la oportunidad se presento. Una vez más, como tantas, el ejercito de Iren se retiraba del territorio de Jagheb, luego de una invasión fallida. Era momento de que sintieran el golpe.

Dio caza al ejercito en retirada y lo diezmo en su camino a Iren. Pero pronto aprendería una lección. Y comprendería al fin, porque el reino que había sobrevivido a dos siglos de guerras con Iren, jamás le atacó en su territorio.

“¡Sigan adelante, casi hemos acabado con su ejército! No les permitan reagruparse tras sus murallas, entre menos de ellos tengamos que enfrentar después, mejor”.

“Señor, nos llegan noticias del frente. Casi hemos llegado a Canaar, al parecer hay un ejército de mujeres apostado frente a las puertas”.

“Realmente deben estar escasos de hombres si planean una defensa usando mujeres como su fuerza defensiva. Por fin llegamos a la primera ciudad, regocíjese teniente, hoy caminaremos en tierras de Iren por primera vez y veremos por primera vez una de sus ciudades, antes de reducirla a escombros”.

“Cómo usted diga general, pero hay algo…”

“¿Qué ocurre?”

“Bueno… esas mujeres visten armaduras rojas…”

“¿¡Cómo dices!?”

“JAJAJAJA, realmente… quién diría que los primeros soldados acme que veríamos serían mujeres, esto es muy divertido… jajaja. Creo que nos llevaremos más gloria de la esperada, pensaba que hablarían mal de nosotros por masacrar a un ejército de mujeres, pero si eran soldados acme, ¿nadie podrá culparme, cierto?”

Garonte ni siquiera consideraba la posibilidad de perder, en su mente esas mujeres ya estaban muertas. Para empezar, nunca debieron hacer su formación fuera de la protección de los muros, todo acerca de ese pequeño ejército parecía un chiste. Eran mujeres, no podían ser más de mil y encima estaban esperando por fuera de las murallas.

Sin embargo, algo inesperado ocurrió y no fueron esas mujeres las que lo hicieron, sino los hombres que se retiraban, que de repente se detuvieron y se pusieron en posición con una rodilla en el suelo, sosteniendo en una mano sus lanzas y en la otra sus escudos.

Por un breve instante, el ejercito de Garonte detuvo su embestida para observar confundidos semejante acto de locura.

¿Por qué los soldados que casi llegaban a la relativa seguridad de los muros se detuvieron?

¿Por qué abandonaban su oportunidad de salvarse?

Por supuesto que los soldados bajo el mando de la familia Vangardforth no podían comprenderlo. No les era posible, porque no conocían a la figura que se encontraba en ese momento parada sobre los muros de la ciudad.

Mientras se aproximaba a sus fuerzas, Garonte pidió a su teniente el artefacto de visión lejana.

Tal como lo decían los hombres del frente, había un hombre parado sobre los muros de la ciudad. Sería normal si fuera un arquero y hubiera más como él, pero este hombre llevaba una armadura roja y negra y portaba una espada en lugar de un arco.

Al observarle con detenimiento, su apariencia infundía un temor que Garonte no podía entender. La extraña armadura parecía más una decoración que un equipo de combate, la extraña forma que tenia no parecía adecuada para moverse con ella y no parecía sencillo mirar el campo de batalla con un casco como el del hombre, que cubría la totalidad de su cabeza y del cual salían dos cuernos.

Al observarlo al completo, Garonte dudo que aquello fuera un hombre.

“¿Una estatua?” pensó.

Pero lo que allí había no era una estatua, ya que se movía. De repente bajó de los muros de un salto y llego a posicionarse entre los dos ejércitos de Iren.

¿¡Qué clase de salto fue ese!? ¿¡Acaso lo arrojo una catapulta!?

La figura se encontraba ahora con las soldados acme a sus espaldas y los hombres que se retiraban enfrente. Una de las mujeres, que tenía una armadura ligeramente diferente a las demás, con algunas molduras doradas, se le acercó y por un momento parecía que hablasen.

“Soldados que invaden el territorio de Iren, sepan que hoy han servido a mis propósitos y por ello vayan en paz a la otra vida”.

Una voz profunda e imponente se escuchó en el campo de batalla, incluso Garonte no tuvo problemas en escuchar, a pesar de encontrarse a gran distancia.

Había escuchado antes de magia de viento que permitía hablar a grandes distancias, pero al ver que todos en su ejército habían escuchado las palabras de aquel hombre, dudaba sobre lo que ocurría. La magia que conocía no debería tener un área de efecto tan amplia.

Por un instante pensó en sin percatarse de lo que significaban las palabras de aquel hombre.

“¡Señor! ha aparecido otra fuerza justo detrás de nosotros. ¡Estamos rodeados!”

Tal como decía el teniente, otro grupo de soldados portando armaduras rojas se encontraba cerrando la ruta de escape, de repente la situación parecía ser mala. Pero aún contaban con la ventaja numérica, si atacaban a este nuevo ejército y rompían el encierro, a Garonte le gustaban sus posibilidades de victoria.

Pero esta nueva fuerza permanecía en su lugar, atacarlos por ambos lados no parecía su intención. Era como si estuvieran ahí solo para que Garonte y sus hombres no pudieran huir en su dirección.

“Que los débiles se postren ante el fuerte”.

Sin saber por qué, de repente su caballo se desplomó. Aunque Garonte salió ileso, no podía levantarse, sentía como si todo su cuerpo pesara 10 veces más, era como si una mano gigante lo presionará hacia el suelo. Lo único que podía hacer era mover sus ojos para ver como todo su ejército se encontraba de rodillas, al igual que él.

“Decepcionante, esperaba que mi debut fuera glorioso. Pero no hay nadie con quien pueda combatir uno a uno”.

En cuanto el hombre dejó de hablar, la asfixiante sensación de aplastamiento desapareció de los hombros de Garonte y de su ejército. Pero las miradas de sus hombres no eran de alivio.

El hombre camino hacia ellos, mientras los hombres de Iren le abrían paso manteniendo sus posturas, como si se postraran ante una deidad que caminaba entre ellos.

“¡Levántense hombres! La extraña magia que usó en nosotros ha perdido su efecto, ¡no permitan que tenga oportunidad de usarla por segunda vez!”

Cómo un general curtido en batalla, Garonte dio las que debían ser las ordenes correctas. Ante una magia desconocida y peligrosa, lo mejor es restringir su uso lo antes posible y lo mejor es acabar con el usuario.

Por supuesto, su afilado instinto le decía que algo no estaba bien. Por qué alguien con semejante magia caminaría hacia el enemigo cuando estos se habían liberado de sus efectos. El temor supuraba por todo su cuerpo en forma de sudor frío.

“¡Espada de la conquista!”

Los temores de Garonte se vieron realizados. Con un movimiento de su negra y diabólica espada, el hombre libero una ráfaga violeta que estallo al contacto con las filas enemigas.

Con ese solo movimiento, Garonte había perdido a toda su vanguardia.

¿¡PERO QUÉ DEMONIOS ES ESO!?

No importa cuántas veces había visto a los grandes magos de Jagheb, jamás había escuchado si quiera de una magia capaz de acabar con un centenar de hombres en un instante.

Ese movimiento basto para terminar con su ejército. Sus hombres ya no eran soldados, sino hormigas que huían por su vida. Puede que murieran incluso más hombres pisoteados por sus camaradas, que los que habían visto su final ante aquel inhumano ataque.

“Hombres de Iren que debieron soportar ver a sus camaradas morir mientras seguían ordenes, ahora les doy la libertad de vengarse de estás alimañas”.

Con estas palabras, cada uno de los soldados que en un principio se encontraban postrados se levantó y arremetió contra los restos del ejercito de Garonte. Mientras las mujeres con armaduras rojas masacraban a los que se les acercaban.

Garonte se encontraba paralizado, incapaz de moverse de su posición, mientras un baño de sangre ocurría ante sus ojos, empapando a los Irenitas que no cesaban de cegar las vidas de sus hombres.

Haa… Ahora recuerdo. Mi abuelo decía que las armaduras rojas de los soldados acme, eran así porque siempre estaban bañados en sangre.

Por lo que pareció una eternidad, Garonte observo morir a los que estaban bajo su mando. Y cuando el espectáculo se detuvo, él y un puñado de sus hombres, que tampoco habían podido mover un musculo, eran los únicos en pie.

Fue entonces que aquel hombre con armadura diabólica se aproximo a ellos.

“Ustedes que no han intentado huir como ratas cobardes, por la autoridad del general demonio de dos cuernos, les permito vivir. Cuenten lo que han visto hoy y nunca olviden lo que ocurre a quienes invaden el territorio de Iren”.

 

◆◇◆◇

“Señor, ¿qué hago con la petición?”

“Di que acepto, no puedo simplemente ignorar a un hombre que puede gastar tanto dinero como si nada, tanto que incluso les da a sus sirvientes comodidades que los simples plebeyos nunca podrían tener”.

Ahh… me distraje por un segundo, recibir el informe sobre los movimientos de los soldados de Iren dentro de la ciudad siempre me hace recordar ese fatídico día. A pesar que ahora estoy al frente de un gran gremio de comerciantes del bajo mundo, no puedo borrar de mi mente mis errores del pasado.

Fui un tonto. No entendí que nunca atacar a Iren es la razón de que Jagheb haya sobrevivido por 200 años.

Aquel día pude comprender la verdad a la que era ciego, sobre el verdadero poder de Iren. Sobre los soldados Acme, que luego de aquella ocasión, atacaron y borraron del mapa la ciudad de Vangar, que yo gobernaba. Entendí entonces que aquellas no eran mujeres, que solo monstruos reciben las armaduras rojas.

Aquel día, vi con mis propios ojos al hombre al que llaman demonio.

 

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